MENSAJE
PERSEVERA EN ORACIÓN

La noche más angustiosa de Jacob fue cuando supo que Esaú venía a su encuentro, pues recordaba las amenazas que su hermano le había hecho por apoderarse de su primogenitura. Toda la herencia que pertenecía a Esaú como primogénito, que estaba representada en la bendición paterna, desapareció en un solo instante porque Jacob se hizo pasar por él. Engañó a su padre y de esta manera se apropió de toda la bendición.
Aquel día Esaú, en medio de lágrimas, miró a su hermano y le advirtió que, después de que su padre muriera, lo mataría.
Cuando Jacob escuchó que su hermano venía a su encuentro y que lo acompañaban cuatrocientos hombres, se estremeció, sintió la muerte venir hacia él. El cuadro que proyectó en su mente fue la destrucción de cada uno de los miembros de su familia, pues sabía que su hermano era muy rencoroso; por tal razón, decidió refugiarse en la oración.
Aquella hora fue decisiva para Jacob. O Dios intervenía, o el mal lo alcanzaba. La oración que hizo fue tan intensa que cuando se le apareció el ángel, no lo soltó, porque sabía que si éste no intervenía, sería un hombre muerto. Mientras Jacob luchaba con el ángel, un milagro ocurrió en su mente, comenzó a ver un nuevo cuadro. Vio que su hermano venía hacia él pero con una actitud diferente, lo veía como un hombre amable, amistoso y afectuoso. Vio la plena reconciliación y la restauración en la vida de ambos. Jacob llamó a aquel lugar Peniel, porque al ver las circunstancias trasformadas positivamente, estaba viendo el rostro de Dios.
Al día siguiente, cuando finalmente se encontró con su hermano, todo lo que Jacob había visualizado, ahora era una realidad. Pidió a Esaú que aceptara su ofrenda, porque él lo estaba viendo en ese momento tal como lo había visualizado la noche anterior en Peniel. “Esaú corrió a su encuentro y le abrazó, y se echó sobre su cuello, y le besó; y lloraron” (Génesis 33:4).
En 1999, un terremoto de 6.4 grados en la escala de Ritcher destruyó casi por completo la ciudad de Armenia. Murieron más de treinta mil personas en menos de cuatro minutos. En medio de esa devastación y total caos, un padre desesperado se precipitó a la escuela donde debía estar su hijo, solo para descubrir que el edificio se había derrumbado por completo.Después del impacto inicial, recordó la promesa hecha a su hijo: “Pase lo que pase, siempre estaré contigo”.
Mientras miraba la pila de escombros de lo que una vez había sido la escuela, aunque parecía no haber esperanza, no dejo de pensar en el compromiso con su hijo. Recordó que el salón de su hijo estaba en la esquina derecha al fondo del edificio, se precipitó hacia allá y comenzó a excavar entre el cascajo. Mientras excavaba, otros padres desesperados llegaron con la mano sobre el corazón, diciendo: “¡Mi hijo!”, “¡Mi hija!” Otros padres con buenas intenciones trataron de apartarlo de lo que quedaba de la escuela, y le decían: “¡Es demasiado tarde! ¡Están muertos!” “¡No puedes ayudar!” “¡Vete a casa!” “¡Vamos, afronta la realidad, no hay nada que puedas hacer!” “¡Así solo vas a empeorar las cosas!” A cada uno de los padres le respondía con una comprometedora pregunta: “¿AHORA VAS A AYUDARME?” Y procedía a excavar en busca de su hijo, piedra por piedra. El jefe del cuerpo de bomberos, la policía, todos trataron de persuadirlo para que dejara la tarea, dándole un sinfín de explicaciones, pero este padre amoroso y protector los escuchaba y les contestaba: “¿AHORA VAS A AYUDARME?” Pero nadie ayudó.
Valientemente siguió trabajando solo, porque necesitaba saber por sí mismo si su hijo estaba vivo o muerto. Excavó durante ocho…, doce…, veinticuatro…, treinta y seis horas…, y casi a las treinta y ocho horas de hacerlo, extrajo una loza y escuchó la voz de su hijo. Con el corazón a punto de estallarle gritó su nombre:
“¡ARMANDO!” Y escuchó la voz de vuelta: “¡PAPÁ! ¡Soy yo, papá!” Les dije a los otros niños que no se preocuparan, que si estabas vivo me salvarías y que cuando me salvaras, ellos estarían a salvo. Me lo prometiste: “Pase lo que pase, siempre estaré contigo”. ¡Lo hiciste papá!”
-“¿Qué está pasando allá adentro? ¿Cómo están?” Preguntó el padre. “Quedamos catorce de treinta y tres, papá. Tenemos miedo, hambre y sed. Cuando se cayó el edificio se hizo una cuña como un triángulo y nos salvó”. “¡Sal, hijo!” “¡No, papá! Deja que los otros salgan primero, porque yo sé que me sacarás. ¡Pase lo que pase, estarás conmigo!”.
Ps. César Castellanos
